*Por los niños y niñas masacrados en el norte del Cauca. *Nuestros más sinceros y dolidos sentimientos de horror y dolor ante estos
hechos. *Nuestro rechazo a gritos a los bandos en guerra, a quienes
disparan y a quienes los mandan, vengan de donde vengan.
*Nuestra repugnancia porque este terror y esta guerra son para el Capital que ahora cobardemente masacra niños y niñas para robarse el territorio y quienes dicen resistirlo, las FARC, que le ayudan a matar, a despreciar la vida poniéndose en el otro bando para eliminar pueblos.
*Nos duele por las comunidades, las familias, las madres, hermanas, la gente toda. *Nos duele. Llamamos desde el dolor a no permitir que esta masacre sea en vano, a no dejar que se convierta en una denuncia y nada más. Que se levante ese pueblo desde abajo, todo el Territorio del Gran Pueblo (Cxhab Wala Kiwe) y ponga todas sus capacidades y recursos en resistir a un sistema que masacra, despoja, compra, invade y engaña para enriquecerse.
*Cada muerto es un comunero, una comunera menos. Cada asesinado, busca que no pasemos de la denuncia y que nos traguemos el dolor. Vienen robarse la cultura, el territorio, el proceso. Vienen con balas, con proyectos, con negocios. Vienen a privatizar el agua, la tierra, las minas. Vienen a convertir el trabajo de la gente en mano de obra para los mega-proyectos.
*Vienen a convertir a los niños y las niñas muertas, en cifras que justifiquen plata para proyectos. Convierten en mercancía el dolor.
HECHOS:
El 26 de marzo de 2011, a las 2 y 25 de la mañana, en la vereda
Gargantillas del Resguardo de Tacueyo, Municipio de Toribio, Cauca,
Colombia, la policía nacional, con apoyo aéreo del “comando jungla
antinarcóticos”, bombardeó un campamento del Sexto Frente de las FARC, de
milicianos recién reclutados.
Resultaron, según las fuentes publicadas, 16 muertos (la mayoría de ellos menores de edad) y 4 heridos por parte de los guerrilleros.
Los combates siguieron todo el día y la noche siguiente: por
un lado los helicópteros y avionetas sobrevolaban la zona mientras la
policía se quedaba con los cuerpos en el campamento destruido y, por otro
lado, los guerrilleros disparaban en dirección del campamento desde
lugares cercanos.
Aparte de esta lamentable violencia entre grupos armados legales e
ilegales, lo que se denuncia acá, y se saca a la luz es la situación de
los pobladores de la zona, los pueblos indígenas, atrapados en esta
guerra. Hay que romper el círculo de silencio, de desinformación de los
medios masivos, pues, mientras el señor Santos se jacta de “otro gran
golpe a las FARC”, las comunidades enfrentan el incremento de la
militarización, las balas impactando las casas y la tristeza de ver a sus
hijos caer en medio de la guerra.
Lo que viven los pobladores en las veredas de Gargantillas, La Esperanza,
El Triunfo, Soto y La Playa, entre otras, no es lo que vieron los demás
colombianos en los noticieros oficiales. Para ellos, la pesadilla empezó
en la madrugada del sábado como contaron los habitantes de estas
comunidades, toda la noche no pudieron dormir por el ruido de las
explosiones de las bombas lanzadas por los aviones, cerca de las casas.
“El bombardeo fue horrible, el movimiento de las casas fue terrible, hasta
las siete de la mañana”, declara un habitante de la vereda de
Gargantillas, “los niños están aterrados” añade.
Entre la incertidumbre, la comunidad tuvo que soportar la “operación
conjunta de nuestras Fuerzas Armadas” (según las palabras del Presidente),
luego, la repuesta de la guerrilla. Ellos empezaron a disparar con tiros
de balas y otras bombas desde sitios muy cercanos a las casas, poniendo en
peligro toda la comunidad.
Algunos comuneros se quedaron en sus casas, luego huyeron hasta lugares más seguros, lejos de la lluvia de balas, mientras otros salieron a buscar familiares de quienes no tenían noticias.
Se colgaron las banderas blancas, única protección en situación de
combate, porque ¿quién iba a protegerlos? ¿Cuál autoridad del gobierno iba
a meterse entre las balas para atender a la gente? ¿Será que importa más
los “éxitos” de las Fuerzas Armadas que los pueblos indígenas? No, los
pueblos indígenas tenemos que atendernos nosotros mismos, a través de las
autoridades indígenas que se encargaron de organizar a la gente en
Asamblea Permanente para tomar medidas de protección. Son ellas, junto
con los comuneros, que investigaron para saber lo que había pasado, para
informar a los pobladores del lugar y para verificar si había civiles o
bienes afectados.
Mientras las cámaras de los medios masivos mostraban imágenes
sensacionales de avionetas de la policía controlando la zona, del humo
junto a las detonaciones, los comuneros aguantaban la ansiedad y se
preguntaban con temor si los cadáveres detenidos por la policía eran
hermanos, tíos o hijos. Se preguntaban si el niño que hace unos meses
jugaba con los demás de la comunidad hace parte de los menores de edad que
componen la mayoría de los cuerpos empacados en las bolsas de plástico,
allá en el monte. Porque las primeras víctimas de los conflictos armados
son los indígenas, son los niños involucrados en la guerrilla por
estrategias de reclutamiento. A pesar del trabajo de las autoridades
indígenas y de la Guardia indígena para tratar de detener el reclutamiento
de sus jóvenes, haciendo asambleas, generando discusiones sobre el tema en
las familias, proponiendo proyectos productivos y culturales, los
guerrilleros siguen armando campamentos cerca de las viviendas, poniendo
armas entre las manos de los niños.
Quizá los periodistas de los medios masivos, nacionales e internacionales,
mientras preparan su material de prensa sigan celebrando la coincidencia
de este ataque con el tercer aniversario de la muerte del fundador de las
FARC, Manuel Marulanda, pasando desapercibido el horror de los niños
masacrados y la suerte de mujeres, niños, mayores y familias enteras
expulsadas de sus casas, andando bajo la lluvia sin siquiera saber dónde
ir. “Llegaron con los carros, bajaron las bombas, nosotros recogimos los
niños y salimos a correr para acá, porque no queremos estar metidos allí.”
cuenta una madre de familia de la vereda del Triunfo.
“Ellos dijeron que teníamos que salirnos rápido, porque iban a tirar algo más, nos asustamos,
no sabíamos para dónde ir, estaba lloviendo” declara una joven de 14 años,
“nos salimos, nos fuimos corriendo y cuando empezaron a disparar, las
balas pasaban por allí.” Esta misma adolescente es la que salió casi de
noche para pedir a los guerrilleros que pararan de disparar. Nadie ha
escuchado su voz, aparte de las autoridades indígenas, ni la de una madre
cargando sus dos niños, llorando por no haber podido darles de comer desde
que la sacaron de su casa en la mañana; tampoco la del comunero, a quien
le dijeron que su hijo estaba allá, en esas bolsas. Ahora las familias piden que los cuerpos sean entregados para poder exhumarlos y despedirse
de sus familiares, a pesar de que hayan sido involucrados en la guerra.
Las Autoridades Indígenas denuncian que las primeras víctimas de estos
tipos de acciones siguen siendo los niños y niñas, comuneros de los
pueblos indígenas. El gobierno ejecuta acciones de guerra como la que
sucedió, poniendo en riesgo las poblaciones, causando daños irreparables.
Frente al terror de los grupos armados, los pueblos indígenas queremos la
autonomía en nuestros territorios, y no ser instrumentados por ninguno
actor gubernamental, ni armado legal o ilegal, que actúan por intereses
económicos y por control del poder.
Como Nasas que somos, exigimos levantarnos desde el dolor a resistir, a
echar a los guerreros, a los negociantes, a las transnacionales, a los que
sacan ventaja del territorio. Para que la muerte no niegue el futuro a
nuestro pueblo.
Tejido de comunicación de la ACIN
Las víctimas de los “grandes golpes a las FARC” siguen siendo los pueblos
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